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20 junio 2009

Mañana será otro día


La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y sólo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar.
La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia pasaba fatigada, amansa llovizna, la vio cesar mientras crecía el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de buena suerte. Un poco más lejos, del otro lado del ancho paseo, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Empezaba la noche y respirando
el aroma tristón de su abrigo mojado, la Sonia pensó que también empezaba la esperanza. Sonrió, sin creer de verdad, como una niña a la que le recitaban un cuento ya oído e inverosímil.
Volvió a tantear la rizada peluca rubia y con gran cuidado —tenía las uñas muy largas— fue estirando las medias caladas que sostenía el portaligas.
Volvió a sentir hambre y recordó que tenía un sándwich de jamón en el bolso. Pero no podía estropear el dibujo de boca que se había hecho con el rouge y con tanto cuidado. También recordó que hasta fin de mes estaba en orden con la policía y se obligó a caminar, acercándose al borde de las aceras para sonreír a los coches, mover las caderas y detenerse fingiendo buscar algo en la enorme cartera. Pero nada, nadie, y sin dinero para probar suerte en los bares donde todavía le dejaban entrar.
Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la gran ciudad. Y Sonia, ya sin hambre, casi sin esperanzas continuaba caminando sobre el dolor de los tacones de aguja.
Se repitieron los diálogos breves con los hombres que pasaban.
— Vamos. ¿Vienes?
— Que te den por saco.
— Eso quiero. También yo te puedo dar si quieres enterarte.
Hombres y hombres y su asco por ellos. La luz limpia amenazaba llegar desde el puerto y las otras se iban apagando. Subió las escaleras pisando con las caras medias de seda. Abrió la puerta manchada y encendió la luz del techo. El muchacho, que se sentó en la cama preguntó con miedo:
— ¿Cómo te fue?
— Como la mierda, nena. Estoy hambriento. Creo que teníamos una lata de sardinas y quedó pan del desayuno.
El chico, moreno y flaco se levantó de la cama y se puso a revolver el armario; dijo con voz de mimo y queja:
— Todavía no me besaste.
— Ahora.
Frente al espejo la Sonia se quitó la peluca y se acarició las mejillas.
— Otra vez barbuda.
Después se desnudó y estuvo mirando los pechos hinchados con parafina y el sexo que le colgaría tembloroso e inútil hasta después de las sardinas.

Juan Carlos Onetti

30 mayo 2009

Lucas, sus compras

En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fósforos, Lucas sale en piyama porque la canícula impera en la metrópoli, y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar los fósforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad de este noble digestivo cuando su amigo Juárez entra también en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta no aparece y las gotas son una especie de alucinógeno que ya ha electrocutado a más de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce bien y te las venderá, vení en seguida, la Rosita se retuerce que no la puedo ni mirar.
Lucas paga, se olvida de comprar los fósforos y va con Juárez a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que se vayan a otro lado y en ese momento su señora sale de la trastienda con una kodak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe cómo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dése cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle fósforos a la Tota, dice Lucas antes de que Juárez le pise un pie y Lucas se comida a cargar la kodak al comprender que el viejo Olivetti le va retribuir con las gotas ominosas, Juárez se deshace en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyú y otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita bien helada para el señor Lucas que además va a sacar las fotos porque ahí no tienen mucha cancha, y lucas atenti al pajarito, ésta con flash y ésta en el patio porque la nena quiere que también salga el jilguero, quiere.
— Bueno —dice Lucas— yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota.
Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos y toda clase de instrucciones y contraórdenes, Lucas corre a ver y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caído de la silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como fierro con Lucas, se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro pero que el porlan del patio es peor, razón por la cual no sería de excluir una fractura fatal máxime cuando el viejo se ha puesto verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual. Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia los camilleros se la cierran en la cara porque están discutiendo lo de Boca versus River el domingo, y no es cosa de distraerse con parentescos, total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersónico, y el viejo Salinsky desde la camilla jodete pibe, ahora vas a saber cómo duele.
En el hospital que queda en la otra punta del ovillo Lucas tiene que explicar el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere que le voy a explicar lo que pasó, está bien pero muestre sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos, de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se llama Tota, quiero decir que yo tenia que comprarle una caja de fósforos a la tota, y en eso viene Juárez y. Está bien, suspira el médico, bajále los calzoncillos al viejo, Morgada, usted se puede ir. Me quedo hasta que la familia y me den plata para un taxi, dice Lucas, así no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico, ahora se usan indumentos de alta fantasía, la moda es tan versátil, hacéle una radio decúbito, Morgada.
Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y el petiso le larga la guita justa pero eso sí le agradece cinco minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis por ninguna parte y Lucas que ya no puede más se larga calle abajo pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le había ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera colectivo rasposo hasta que al final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias. Santa Fe y Canning no llegan nunca y con razón porque Lucas ha tomado el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie de portero con dos arbolitos y un peine roto, la tota debe estar como una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuándo carajo va a venir el colectivo.
A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra iluminación, a lo mejor esto es algo así como el alejamiento de almotásim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad no tiene un fósforo.

Julio Cortázar

25 mayo 2009

El tirano, el artista, el vuelo



La salvación

Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. “¿Cómo un ser tan ínfimo —sin duda estaba pensando el tirano— es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?” Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. “Por humildes que sean” —dijo indicando al pájaro— “hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros”.

Adolfo Bioy Casares

21 abril 2009

Nunca más


El silencio de los inocentes


Por alguna razón misteriosa, ése era el peor momento. No después de la cena, en ese pequeño respiro de satisfacción que parece contingente, pero que en verdad es todo lo que contiene la vida. No. El asunto era ahora, aunque anoche había sido particularmente difícil, y se desvió para no pasar por el café. Como todos los días desde hacía tres semanas, evitaba entrar al café, porque aquella vez José se burló de él, y agitaba los cigarrillos delante de sus narices, invitándolo. José, en realidad, despreciaba su esfuerzo titánico por no fumar, y su puntual asistencia al grupo de autoayuda y sus relatos, y el monotema, y la descripción, minuto a minuto de su relación de décadas con el tabaco; cómo se había ido preparando, bajando de a poco, y cómo Manuel, del grupo, había recaído, y cómo Silvana se mantenía, como él, firme.
José se reía de que sus comentarios sobre Silvana –de apenas veinticinco años- se limitaran a lo que fumaba o no fumaba. Pero en el fondo era envidia, creía él, ya que todos estaban dejando de fumar a su alrededor. Su mujer ya lo había hecho hacía dos años y Arturo, el mayor, que antes fumaba a escondidas, lo consideraba una cosa superada, algo del pasado, un tanto ridículo si se tiene en cuenta que tenía la edad de Silvana. ¿Qué clase de pasado se puede tener a los veinticinco años? Sonrió, y volvieron las ganas, punzantes, irresistibles. Nunca había pensado que iba a ser para tanto.
No fumar, no fumar, pensaba obsesivamente mientras apretaba el paso, pero conservando el ritmo para no llegar demasiado temprano y no tener que esperar y tentarse y comprar un cigarrillo suelto. En las dos últimas semanas, no podía hablar ni concentrarse en otra cosa, siguiendo las indicaciones del curso de autoayuda; tantos caían, como Miguel, Rosa, en la primera semana, y él , bueno, la verdad es que una vez se llevó un cigarrillo a los labios, y estaba por encenderlo, ansiando que ese placer inmenso lo inundara como una ola, cuando retiró la mano, y si no lo hubiera hecho, ahora estaría fumando y fumando.
Trató de pensar en los caños, en el trabajo del día, en que la pared le daba trabajo, quién sabe qué había metido allí adentro, lo cierto es que entre tres no podían llegar hasta el caño, una pitada apenas, hasta el caño desde donde la mancha de humedad se extendía y esa tía, esa mujer que los miraba con aire de “¿vieron? Yo decía. Para hacer, tienes que saber”. Una pitada, una pitada solamente.
Una pitada, solamente, se le nubló la vista, y perdió el control. Quería seguir, pero no respondía a sí mismo. Retrocedió, volvió sobre sus pasos entró al café, y lo buscó a José, pero José no estaba. No había nadie fumando, el cáncer y todo eso, pero ya no era su cerebro, era todo el cuerpo, que vibraba pidiendo nicotina, dicen que el rapé, pero dónde se consigue rapé.
Una pitada y nada más. Sobre la barra había unos Marlboro, interrogó a Joaquín, el camarero, sacó un cigarrillo, y ahí se detuvo. Tuvo un arranque de voluntad y salió velozmente del café, pero todavía tenía el cigarrillo entre los dedos, lo dejó caer y lo pisó, ¿iría a llover? Los caños, los caños, esa mancha maldita contra la que hacía ya tres días estaba luchando.
Subió, se alejó de los fumadores, aunque aspiró la nube de humo que ellos dejaban, y le produjo un saludable bienestar; últimamente detectaba a alguien fumando aunque estuviera a cien metros, en el otro extremo del tren. Todo empezó a moverse ahí afuera, primero despacio, a un ritmo acompasado, y veía pasar las casas, pero no podía verlas, sólo pensaba en un cigarrillo, lo sentía como una necesidad de su cuerpo demandando nicotina. Y entonces vio una colilla en el suelo del vagón.
Una pitada. Tan sólo una pitada. Arturo, Lucía, Pilar. ¿Cómo lo habría logrado Pilar? Los caños, la colilla. La colilla. Y entonces supo perfectamente, con una certeza que iba más allá de su voluntad, y de su deseo, de la voluntad de todos, de todo lo que ocurriera en el mundo, que esta vez no iba a resistir. Tan sólo una pitada. Levantó la colilla y la acercó a los labios, sacó los fósforos, ¿por qué llevaba siempre fósforos encima? Raspó el fósforo, que no se encendió: ¿qué habían dicho en el curso para situaciones como ésta? Resiste treinta segundos, coño, y luego resiste treinta segundos más, y la ola de la necesidad pasa. Miró el reloj. Diez segundos, veinte, el brazo alejó el cigarrillo; la punzada de la abstinencia comenzó a ceder, se concentró en el reloj, en cualquier cosa, los caños, la humedad, las casas que pasaban, las elecciones del domingo, alejó el cigarrillo, pero no lo dejó caer, treinta y nueve segundos, cuarenta, disminuía, repitió en voz alta la frase que le enseñaron en el grupo: “nunca más, nunca más”, ¿vale?, cinco segundos y ya está.
Y en ese momento todo voló por los aires. Un trozo de hierro hizo impacto en su pecho, lo desgarró y derramó las vísceras, lo traspasó y lo tumbó sobre el piso, mezclándose con vísceras ajenas, mientras el borde de una manija le arrancaba una mano y un pedazo afilado de vidrio se incrustaba en su cabeza y una fracción de segundo antes de dejar de existir, junto a muchos otros cuerpos destrozados, alcanzó a pensar algo que se perdió para siempre.


Leonardo Moledo

16 abril 2009

El lobo revisited

Carta al lobo


Querido don Lobo:

Cuantos años han pasado ¿no? Seguramente Ud. está entrecano y con algún diente postizo, igual que yo. Seguramente tendrá nietos. Yo tengo una que se llama Sidonia. Tuvimos varias discusiones de familia para que no llamaran con un sobrenombre, Gordi, por ejemplo. Porque tenía unos rollitos que Ud. se hubiera almorzado con fruición.
Hablé con mi hija y mi yerno y les conté lo feo que fue para mi darme cuenta, ya de grande que mi nombre real se borró de un saque porque a mi abuela se le ocurrió llamarme para siempre como a esa capucha roja hecha por sus propias manos. Y lo peor es que yo no me daba cuenta. Y el mundo entero la apoyó.
Ud. se preguntará por qué le escribo. Bueno, ya que no lo maté cuatro o cinco veces como por momentos tuve ganas, hoy quiero atar algunos hilos sueltos de nuestra historia.
Quiero contarle por ejemplo que yo fui al bosque porque mi mamá, con esa maldita costumbre que suelen tener muchos grandes, me mandaba de delegada frente a mi abuela en lugar de ir ella. ¿No le parece arbitrario que mamá (sin motivos conocidos) mande a nena chica a que atraviese bosque con lobo para llevar manteca y tortas a abuela enferma? No entiendo por qué, si Ud. estaba en el bosque y ella lo sabía y también sabía de su apetito. Esa mamá mía no me acompañó o me enseñó a defenderme.
¿A Ud. le enseñaron algo sobre las chicas que iban al bosque? Seguro que le dijeron que yo solamente era "comida" y que para ser un buen lobo había que comerse una chica.
Bueno, ahí andaba yo, sola. Pero el bosque estaba lleno de otras cosas. Además de las flores con las que mi mamá me dijo que no me entretuviera, había pájaros, escarabajos que hacían divertidas pelotas, cañas para hacer flautas, olores misteriosos. Me llené de preguntas. ¿Por qué las palomas hacían nidos tan pero tan chatos que los huevitos se le caían? ¿Por qué el pino y su fruto, la piña, tenían la misma forma puntiaguda? Si se lo preguntaba a mamá o a mi abuela me contestaban: "Porque sí" o Porque Dios lo quiso", o que una chica debe estar ocupada y no andar preguntando pavadas. Alguna vez el leñador me enseñó a orientarme en el bosque mirando de que lado crecía el musgo en los arboles. Pero no lo terminé de entender, y lo veía tan poco......
Yo sentía que tanto mi mamá como mi abuela siempre tenían razón. Y esa mala costumbre de que se me escaparan pensamientos me ponía bastante mal. Cuando me encontré con Ud. solo recordé la advertencia de mamá. "Cuidado con el lobo". Pero -me dije atolondrada- ¿cuidado de que? Encima me habían entretenido con las flores, dos pecados juntos, pensar si la vieja no estaría equivocada y tirarme una canita al aire. Para colmo Ud. era amable, poderoso y pícaro. Con una sola pregunta, con tres frases que me dijo, logró que yo le ubicara la casa de mi abuela, que fuéramos los dos para allá, y encima, Ud. por el camino mas corto y yo por el mas largo. La muy mamerta solo hizo lo que sabía: obedecer.
Después, cuando entré a la casa y mi abuela salió con esa idea de que me sacara la ropa y me acostar con ella, me sentí para el diablo, pero a los mayores no se los contradice y menos si están enfermos.
A partir de ahí poco y nada recuerdo. Solo el miedo y la oscuridad.
Dicen que Ud. me comió entera. Gracias, eso ayudó a que saliera bien parada. El leñador se portó, hizo lo suyo ese muchacho. La que salió muy enojada fue mi abuela que repetía todo el tiempo: "Yo le dije a tu madre, yo le dije a tu madre".
En fin, don Lobo, pasó mucho tiempo. Pero cuando yo salí de su panza y pude sacudirme un poco el susto, me dije: "A estas ya no les hago mas caso". No se si Ud. seguirá tan bestia como antes o cambió un poco después de semejante experiencia. Lo que si se es que sigue vivito y coleando y tiene hijos y nietos como yo. Y que algo podría haber pensado sobre estas cosas.
Mi mamá y mi abuela siguen diciendo que verdades eran las de antes y que las mujeres no tenemos que pensar pavadas porque esa es la voluntad de Dios y si no, nos come el lobo. Tambien es cierto que ii mamá a veces me mira con curiosidad y una chispa verde parecida a la envidia.
La historia, para mi, siguió para adelante con mi hija, con mi nieta.
Cada tanto la pequeña Sidonia tiene que cruzar el bosque. Eso es inevitable, ni siquiera es noticia. Siempre se encuentra con todo lo probable de encontrar en un bosque. Pero ella sabe algo sobre esas cosas. ¡Con los tiempos que estamos viviendo!
La última vez se encontró con un lobito bastante piola y se hicieron tan pero tan amigos que no dan para personajes de cuentos como el que vivimos nosotros. Me alego. Aunque parezca mentira, algo cambió en este mundo y por lo menos esta nieta mía necesita un cuento diferente.
Desde todos estos años que me sirvieron para mirarme mejor, lo saluda atentamente.

Caperucita Roja, Mayo 1989



Laura Devetach

06 abril 2009

Las balas pican cerca

Oración de guerra

Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes. De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.

Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: “¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!”.

Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.

Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.

El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: “¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y, nuestra bandera!”.

El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara –a lo que accedió el desconcertado clérigo– y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: “Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso”. Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño Io percibió no hizo ningún caso. “El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar”.

“Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos –una pronunciada y la otra no–. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! No sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada”.

“Han escuchado la oración de vuestro siervo –la parte enunciada–. Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor –al igual que ustedes en sus corazones– rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: 'Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios'. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria –debe ser así y no se puede evitar– El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad”.

“Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros –en espíritu– dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor. Ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén”. (Después de una pausa) “Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda.

Más tarde se creyó que el hombre era un lunático porque no tenia sentido nada de lo que había dicho.

Mark Twain

22 marzo 2009

Fontanarrosa según Pesoa

Estimada Aurelia

Si me atrevo a tomar la pluma y escribirle es, más que nada, porque me he enterado de su delicado estado de salud.
No piense, por favor, que estuve averiguando o haciendo preguntas sobre su vida, pero el destino quiso que escuchara parte de una conversación en el almacén donde siempre hacíamos las compras en el barrio. Tampoco fue un chismorreo, al que no hubiese dado crédito, sino un par de comentarios al pasar, bastante cautos y respetuosos.
Comprenderá usted, con el conocimiento que le da el hecho de haber convivido conmigo algo más de siete años, lo difícil que me resulta escribirle, pero no quisiera pasar por descortés o desinteresado. Temo, le confieso, asimismo, que la lectura de esta carta le provoque algún tipo de inconveniente, como ser el de tener que incorporarse en su cama y adoptar, quizás, una posición forzada que agrave aun más su estado de salud. O que le obligue a forzar la vista acarreándole, tal vez, dolores de cabeza insoportables si es que su afección es de índole mental, cosa que desconozco y que lejos está de mi intención conocer.
Le aclaro: no pretendo ningún tipo de respuesta ni de explicación sobre su extraño mal, ya que no es mi ambición avanzar sobre algo absolutamente personal suyo y de carácter, a juzgar por los comentarios, francamente íntimo.
Tampoco le pregunté nada aquella vez ¿recuerda? Cuando apareció usted en casa con un ojo negro, producto, sin duda, de un golpe. No quería, en aquella incómoda situación, abundar sobre un hecho que, seguramente, le resultaba doloroso ante su sola mención. ¿Qué sentido tiene revolver heridas pasadas? ¿Para qué recrear, con mi curiosidad, el mal momento que usted había vivido? Conozco la fea sensación de ser invadido en mi privacidad de esa forma porque también resultaba, para mí, muy molesto cuando la gente me preguntaba, por ejemplo, sobre mi varicela, contraída, no se habrá usted olvidado, a poco de iniciada nuestra convivencia. Yo quería, Aurelia, olvidarme del trago amargo y había amigos inoportunos que se empeñaban en refrescarme el fastidioso mal.
Pero, además, si he decidido no incomodarla con preguntas, es porque imagino –disculpe que me tome la libertad de imaginar- que lo suyo se trata de lo vulgarmente conocido como embarazo, deducción a la que accedo casi, por deformación profesional. Es lo mío.
Sabe usted bien, Aurelia, que mi paso por este valle de lágrimas es en puntas de pie, procurando no perturbar ni molestar a nadie. Y menos que menos a una persona como usted, por la cual sólo guardo afecto y respeto. Sucede que, ahora, a la distancia, comprendo un poco el malentendido que pudo suscitarse con mi conducta basada en el antiguo precepto de que los derechos de una persona terminan donde comienzan los derechos de los demás. Admito, Aurelia, que puede usted haberse sentido un tanto herida por mi renuencia a preguntarle cosas sobre su vida, o sobre su actividad o, simplemente, sobre lo que había hecho, día a día, de los tantos que compartimos en pareja. Pero usted sabe que no me gusta meterme en las cosas de los demás. Comprendo, ahora, a la luz de los acontecimientos, que mi actitud podía interpretarse como desinterés de mi parte, frialdad o lejanía. Sin embargo, no era otra cosa, Aurelia, que un sumo respeto por su vida privada, el deseo de no invadir jurisdicciones, la intención de no herir a usted ni con el pétalo de una rosa.
Ahora advierto que la cuestión de su estado interesante agudizó esa controversia. Es cierto, yo la notaba a usted más gorda y más gorda, observaba cómo crecía a ojos vista el volumen de su abdomen. Pero... ¿cómo puede un hombre educado, criterioso, medido, centrado, hacer ese tipo de preguntas a una señora? Digo a una señora y no a una perdida cualquiera que pueda encontrarse por la calle. Y no sólo digo a una señora sino... ¡a su propia señora!
¿Cómo preguntarle sobre una deformación física y estética, absolutamente incómoda, relacionada directamente con procesos internos femeninos, sin sentirme un grosero, un procaz o un patotero? Y especialmente en estos días, donde la gordura es vista como un pecado venial y se exaltan las dudosas ventajas de la anorexia. ¿Cómo instalar en nuestras conversaciones, de común sencillas pero inspiradas –siempre girando en torno a la poesía de Martí o a la prosa de Mallea, cuando no se refería al cuidado de las plantas-, un tema tan delicado como el de la gravidez, baluarte, por otra parte, del espíritu femenino? La prudencia, Aurelia, ha sido siempre mi rasgo de carácter y admito que ya fue un motivo de desconcierto para el querido padre Anselmo cuando me tuvo que rogar tres veces para que yo contestara si la quería a usted, o no, por esposa. ¿Cómo me iba él a preguntar tal cosa, Aurelia, frente a tanta gente, sin ponerme en una situación comprometida? Con la cabeza asentí, lo recuerdo, Aurelia, y me retiré de la iglesia como siempre lo he hecho, en puntas de pie, para no perturbar a los allí presentes.
No era que no me importara, le juro, no era que yo fuese indiferente a todo. No era que no me acongojara verla llorar, revolcarse en la cama, escucharla gritar que se sentía muy sola y todo eso. Se supone que, si alguien llora, es porque lo acongoja algo muy íntimo y personal y la intimidad de las personas es un santuario donde yo no debo meterme para nada, Aurelia. Suponía yo que esos llantos obedecían a problemas suyos con su señora madre y, por lo tanto, se trataba de conflictos familiares que no me eran atinentes. Cada familia es un mundo, decía mi padre. Mantuve siempre mi lugar, Aurelia, silencioso pero firme.
Recuerdo como si fuera hoy cuando usted me regañó por no preguntarle nada acerca de sus continuas náuseas y, disculpe la expresión, repetidos vómitos. Aurelia, hubiese sido como si usted me preguntara sobre mi hernia inguinal. ¿Cómo contestar a semejante pregunta sin mencionar partes recónditas de mi cuerpo, sectores poco agraciados, detalles torpes y escatológicos? ¿Cómo referirme (y perdone si soy crudo) a la higienización del braguero, sin herir su sensibilidad ni romper esa maravillosa complicidad poética y espiritual que alguna vez supimos conseguir? No podré borrar jamás de mi memoria todos los ácidos reproches que derramó usted sobre mí, pálida y desencajada, tras uno de aquellos episodios. Y mi silencio, mártir casi.
Me atenazaba la duda, lo confieso, ya que yo ignoraba lo de su embarazo. La notaba rara, es cierto, corpulenta, pero también en alguna oportunidad lo noté corpulento al general De Gaulle, en una foto del “Life” y sin embargo no sospeché nada.
Después, ya fuera de esa casa que fuera nuestra y que aún extraño, calculé los meses, hice cuentas y comprendí que sí, que bien podía relacionar su particular proceso como el resultado de nuestro amor, físico, no platónico, para llamarlo de algún modo.
Me dolió, le confieso, la expulsión del hogar. Su enojo, su estallido, su descontrol. Entiendo que tal vez usted necesitaba a su lado a alguien más invasor, más entrometido. O, quizás, mas expresivo. Alguien que la volviera loca a preguntas, que la cansara interrogándola sobre esa ropita color celeste que usted sacaba día a día y dispersaba sobre nuestra cama y que yo siempre pensé que era para vender entre las amigas y conocidas. Cuando la conocí, Aurelia, recuerde, usted se mantenía vendiendo tupperware, por lo tanto no era descabellada mi teoría. Le confieso, eso sí, y no lo tome a mal, perdone mi imprudencia, que me gustaría saber el nombre que ha de llevar la criatura. No soy de los que se mueren por conocer el nombre de todas las personas, y eso es algo que me ha perjudicado bastante en mi carrera de Oficial de Investigaciones. Tampoco le pregunté el nombre de aquel señor que la acompañó de vuelta hasta casa aquella noche en que usted volvía de una cena de ex alumnos, tal como me lo notificó, desafiante, porque entendí que todo debía quedar en la habitual complicidad cerrada de los grupos de estudio. Sucede, simplemente, que quisiera enviarle unas flores con una tarjetita para usted y nuestro hijo el día en que este nazca y me agradaría incluir vuestros nombres.
¿Era Adelaida el segundo nombre suyo, o la memoria me juega una mala pasada? Y, en cuanto a las flores, creo recordar que, en algún momento, regando en el patio, usted comentó que los crisantemos eran sus preferidos.

Roberto Fontanarrosa

18 marzo 2009

El 14 de marzo Quique leyó...

Santa Bernardina del Monte

Para ahorrar energía eléctrica, las autoridades de Santa Bernardina del Monte dispusieron que a las cero horas del día veinticinco los relojes se atrasaran una hora, pasando a marcar las veintitrés horas del día veinticuatro. De este modo la gente que tuviera que levantarse a la hora siete del día veinticinco no tendría que prender ninguna luz, ya que en realidad serían las ocho y el sol estaría ya en plena actividad.
Cuando llegó el momento –las cero horas del día veinticinco- la gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Fueron entonces –o volvieron a ser- las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar las cero horas del día veinticinco. La gente de Santa Bernardina del Monte, obediente como era, atrasó sus relojes una hora. Volvieron a ser entonces las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después, los relojes volvían a marcar las cero horas del día veinticinco.
- ¿Qué hago, mamá? –preguntó un joven-. ¿atraso el reloj?
- Por supuesto, hijo: debemos ser respetuosos de las disposiciones de la autoridad –contestó la madre.
Todos los habitantes de Santa Bernardina del Monte obraron en consecuencia con ese precepto. Pero una hora después los relojes volvían a marcar las cero horas del día veinticinco. Nuevamente, los pacíficos habitantes de Santa Bernardina del Monte atrasaron sus relojes una hora. Se pusieron entonces a esperar el transcurso de los sesenta minutos que faltaban para volver a atrasar los relojes. Pero algunos tenían sueño y se fueron a dormir, no sin antes dejar turnos establecidos de tal modo que siempre hubiera alguien despierto a la hora de atrasar el reloj.
A la mañana siguiente seguían siendo las veintitrés horas del día veinticuatro. Una hora después eran las cero horas del día veinticinco, e inmediatamente después volvían a ser las veintitrés del día veinticuatro. Faltaban nueve horas para que abrieran las oficinas y los comercios. Una hora después faltaban ocho, pero en menos tiempo del que tardaba un gallo en cantar –y efectivamente había muchos gallos haciéndolo- volvían a faltar nueve.
Los habitantes de Santa Bernardina del Monte, de mantenerse este estado de cosas, habrían muerto de inanición. Sin embargo muy otra fue la causa de su muerte. Tres días después del cambio de hora, un funcionario del gobierno central, que pasaba por el pueblo, interpretó la actitud de los lugareños como huelga general por tiempo indeterminado, y dio parte de ello a sus superiores. Poco después, diez mil soldados entraron con helicópteros y tanques a Santa Bernardina, aniquilando a los insurrectos. Los relojes del pueblo, entonces, quedaron divididos en dos categorías: los que, averiados por las balas, estaban clavados en una hora entre las veintitrés y las veinticuatro, y los que seguían marchando libremente, pudiendo llegar hasta más allá de las cero horas sin que nadie los tomara por las agujas para atrasarlos. De todos modos, algunas horas después, ellos solitos volvían a marcar las veintitrés, como si sintieran nostalgia de sus disciplinados dueños, que en paz descansen.

Leo Masliah

15 marzo 2009

El cuento del debut


Pérdida y recuperación del pelo

Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.
Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.
Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rocleados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio.
Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia contra una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión tormentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.
Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos produciría, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.

Julio Cortázar